Las manos le temblaban tanto que apenas pudo sostener el teléfono.
Elena marcó sin pensarlo. Marcó al único número que su instinto reconoció como refugio.
Adrián contestó al segundo timbre.
—¿Elena?
—Adrián. —la voz le salió rota, ahogada por el llanto—. Adrián, estoy sangrando. El bebé... hay sangre, no sé qué hacer, no sé...
—Elena, escúchame. —su tono cambió al instante, firme pero sereno—. Respira. Necesito que respires conmigo, ¿de acuerdo?
—Tengo miedo. —se le quebró la voz—. Tengo mucho