Los primeros días en casa de Adrián transcurrieron como un suspiro largo y tranquilo.
Él había reorganizado su agenda para trabajar desde casa. Colocó su portátil en la mesa del comedor, cerca de la habitación de huéspedes, para no perderla de vista. Contestaba llamadas en voz baja, revisaba documentos, y cada tanto se asomaba a preguntarle si necesitaba algo.
—Reposo absoluto —repetía cada vez que ella intentaba levantarse—. Dijo la doctora. No pienso discutirlo.
—Solo iba por un vaso de agua.