Elena pasó la noche en casa de Adrián.
Él la instaló en la habitación de huéspedes de la planta baja, la misma de siempre, pero esa noche no se apartó de su lado hasta asegurarse de que tuviera todo lo que necesitaba. Le llevó agua, le acomodó las almohadas, le preparó una infusión suave que la doctora había recomendado.
—No tienes que hacer todo esto —murmuró ella, arropada hasta el pecho.
—Claro que sí. —Adrián se sentó en el borde de la cama—. Reposo absoluto, dijo la doctora. Y pienso asegu