Ensayo de un matrimonio falso

Elena conocía el ritual de memoria.

Duchas largas que olían a lo que él prefería. El collar de perlas que se ponía porque en alguna cena, dos años atrás, alguien le dijo que hacían juego con su cuello y Julián no desmintió ni confirmó. El vestido que quedaba bien en todas las fotos —el azul medianoche, discretamente elegante— porque una esposa Vancroft no podía ser demasiado ni demasiado poco.

Esta vez eligió el rojo.

No lo planeó. Lo vio colgado en el fondo del armario, una compra impulsiva de un viaje de trabajo que nunca había tenido excusa para usar, y simplemente lo descolgó. Mientras se lo ponía frente al espejo supo exactamente lo que estaba haciendo: esta noche no asistiría como la señora Vancroft. Asistiría como Elena Rivas, que resultaba estar casada con Vancroft.

Era una distinción pequeña, pero era la diferencia más importante que había trazado en años.

Adrián llegó puntual, como siempre, con la carpeta bajo el brazo y una expresión que mezclaba profesionalismo con algo que últimamente no sabía bien cómo nombrar.

—Logística de esta noche —dijo, dejando la carpeta sobre la mesa del comedor—. Los fotógrafos del patronato estarán en la entrada principal y en la terraza. El presidente de la fundación querrá una foto conjunta para la memoria anual. Hay dos periodistas de sociedad con credencial; si preguntan por el matrimonio, la respuesta acordada es que se encuentran bien y que el compromiso de los Vancroft con la fundación es una prioridad compartida.

Elena asintió sin mirarle. Revisaba el cierre del vestido frente al espejo de la entrada, girando a medias.

—¿Me ayudas? —preguntó—. El gancho de arriba.

Adrián dudó una fracción de segundo. Luego dejó la carpeta y cruzó la sala. Sus dedos trabajaron el pequeño cierre con cuidado, con la misma atención que ponía en un contrato difícil.

—Listo.

Elena se giró y lo miró entonces, de frente. Él no dijo nada de inmediato. Solo la miró de la manera en que la miraban pocas personas: como si viera a alguien completo, no a una extensión de otra cosa.

—Ese vestido —dijo al fin— va a arruinar la logística de la noche.

—¿Por qué?

—Porque la mitad del salón va a estar mirándote a ti en lugar de a los donantes, y la otra mitad se va a preguntar por qué el heredero Vancroft lleva tres años sin notarlo.

Fue tan directo, tan sin trampa, que Elena soltó una carcajada. Una risa corta y genuina, de sorpresa, que llenó el recibidor de un modo que hacía tiempo no pasaba en esa casa.

Desde la escalera, Julián se detuvo.

Llevaba el esmoquin puesto y el nudo de la corbata a medio hacer, y se había asomado para confirmar que el coche estaba listo. Lo que encontró fue a su mejor amigo y a su esposa riéndose juntos en el recibidor de su casa, y algo en su pecho hizo un movimiento que no supo clasificar.

Terminó de bajar sin decir nada. Adrián lo saludó con naturalidad. Elena se giró hacia él y el golpe fue inesperado —el rojo, los hombros descubiertos, la manera en que la tela caía exactamente como debía— y Julián necesitó tres segundos para recordar que estaba mirando a su esposa.

Su esposa, que llevaba tres años pintando de madrugada en un estudio que él nunca había pisado.

—¿El coche? —dijo, porque era lo único neutral.

—En la puerta —respondió Adrián—. Yo llegaré por mi cuenta.

Se despidió de Elena con una inclinación breve, sin protocolo, y salió. La puerta se cerró. Quedaron solos, los dos, en el recibidor demasiado grande.

Julián buscó su cartera en el bolsillo interior del saco para tener donde poner los ojos.

—Ese vestido no era el que acordamos —dijo.

—No acordamos ningún vestido. Me dijiste que fuera adecuada.

—Es llamativo.

—Sí. —Elena recogió el bolso de la silla sin apresurarse—. Esa era la idea.

En el coche, guardaron silencio. Elena miraba la ciudad pasar por la ventanilla. Julián miraba al frente con la mandíbula apretada sin saber por qué la tenía apretada.

En algún momento entre la escalera y el coche había notado que llevaba el cabello suelto, que la línea de su cuello era precisa y clara contra el rojo, que tenía una expresión que nunca le había visto: determinación. La expresión de alguien que ha decidido finalmente aparecer.

Se preguntó cuándo había dejado de aparecer para él.

La pregunta le resultó incómoda, así que la descartó.

La gala no había empezado y ya era un problema.

Adrián lo encontró en el bar lateral con cara de estar calculando un riesgo que no podía nombrar.

—Relájate —le dijo, pidiéndole agua mineral al camarero—. Está hablando con el presidente de la fundación y lo tiene completamente hipnotizado. Tu matrimonio jamás ha parecido tan sólido.

—No es eso.

—¿No?

Julián giró el vaso entre los dedos.

—Le dijiste algo gracioso antes. Cuando llegaste.

No era una pregunta. Adrián lo miró de lado.

—Le expliqué la logística de los fotógrafos.

—Te rió.

—Sí. Las personas ríen cuando algo les parece gracioso, Julián. Es un fenómeno social bastante extendido. —hizo una pausa—. ¿Cuánto tiempo llevas sin hacerla reír?

Julián no respondió.

—Mira —dijo Adrián, en voz más baja—, yo soy tu abogado y tu amigo, y en ambos roles te digo lo mismo: esta noche haz lo que necesita el matrimonio de cara afuera. Mantén la apariencia, protege la cláusula, saluda al patronato. Y en algún momento de la noche, si tienes treinta segundos de honestidad disponibles, úsalos para mirarla de verdad. No para los fotógrafos. Para ti.

—No necesito que me expliques cómo mirar a mi esposa.

—No. Solo necesitas que alguien te recuerde que tienes una.

Julián lo miró. Adrián le sostuvo la mirada sin parpadear.

—Mantén distancia profesional —dijo Julián, y sonó más tenso de lo que pretendía—. Con ella. Con el caso. Es un favor que te pido.

Adrián bajó el vaso despacio. Lo miró con la expresión tranquila y afilada, pues acababa de escuchar algo que ya se esperaba.

—¿Distancia? —dijo—. Tú eres el que se va a divorciar de ella.

Y se alejó hacia el salón antes de que Julián pudiera responder.

Julián se quedó solo en el bar lateral, con el vaso vacío y la frase dándole vueltas. Buscó a Elena entre la gente. La encontró fácil: el vestido rojo entre los trajes negros, la cabeza ligeramente inclinada hacia el presidente de la fundación, escuchando con esa atención que ella ponía en todo —la misma que una vez puso en él, y que él no supo ver hasta que la dirigió a otra parte.

La miró de verdad, como Adrián le había dicho.

Y lo que sintió no tuvo nombre todavía, pero ardía.

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