Amelia dejó el contrato prenupcial sobre la mesa y alzó la vista hacia Dimitri, como si en cualquier segundo él fuera a decirle que todo era una broma. Si lo era, resultaba de pésimo gusto. Pero él no sonrió y tampoco dijo nada.
—Señores —dijo, volviéndose hacia los abogados con una calma que no sentía—. ¿Podrían darnos un momento a solas, por favor?
No pensaba discutir un asunto tan privado delante de ellos. Poco le importaba que hubiesen participado en la redacción de aquel documento y que p