Cuarenta y dos

Gio, al no encontrar cómo responder a sus razones, se queda en pleno mutismo, analizando cada palabra dicha por Katerina.

Él no había pensado en ello. Algún día se separarían y cada cual tomaría su camino. No obstante, ¿podría él estar lejos de ella? Lo intentó por unos días y la ansiedad lo estaba quemando por dentro.

—Te preparé el desayuno. —Es lo único que se le ocurre decir.

Katerina hace una mueca de disgusto, se limpia las lágrimas y asiente con la cabeza. En el comedor, la incomodidad y la tensión se tornan asfixiantes. Ninguno platica porque temen seguir con aquella conversación incómoda, así que el silencio se adueña del lugar.

Por su parte, Katerina intenta desayunar, aunque la comida no le pasa, como manera de disimular la vergüenza.

Tiene ganas de salir de allí y llorar hasta que no recuerde la estupidez que acaba de hacer. ¿Por qué le confesó a Gio que estaba enamorada de él? Se sentía tonta y ridícula, en especial por la manera en la que él tomó su confesión; simplement
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