Cuarenta y ocho

Gio le acaricia las mejillas a Katerina y sisea su nombre para que ella despierte.

Katerina abre los ojos con lentitud y pesadez, y lo mira aturdida.

—Te traje comida —le informa él; luego levanta el tazón delante de ella—. Es un caldo, te caerá muy bien.

Katerina se incorpora en la cama y bosteza; después se frota los ojos. Por su parte, Gio empieza a alimentarla sin mediar palabras.

—¿Crees que somos unos monstruos? —Ella rompe el silencio con voz temblorosa.

Gio deja la cuchara en el tazón y la encara, comprensivo.

—Tu padre sí —responde sin titubeo—. En cuanto a tu madre, supongo que hizo lo que creyó correcto; sin embargo, para mí fue cómplice de tu padre al no intervenir cuando debió hacerlo.

Él suelta un suspiro y añade:

 —Supongo que, luego de que el mal ya estaba hecho, l

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