Mabel
Cada escalón que desciendo me llena de seguridad. No quiero parecer demasiado tonta porque realmente no lo soy ni demasiado insolente, aunque sí lo sea cuando la ocasión lo merece, decidí ser la profesional que contrataron, empezar de nuevo, disculparme por mis errores y dar lo mejor de mí.
Mi vida se desordenó y eso no me agrada, estuve a punto de tocarme con la jodida rosa negra, ese límite, al menos, no lo crucé.
Respiro profundamente antes de entrar al comedor; es amplio, elegante, perfectamente iluminado; una belleza sin igual y, aun así, nada aquí compite con la presencia de mi jefe. Ese hombre domina el espacio sin esfuerzo, es como un rey al que se le debe rendir pleitesías.
Los tatuajes de su piel no han salido de mi psiquis, su cuerpo tonificado quedó grabado en mí como un lienzo, uno que no pedí ver y que ahora se rehúsa a desaparecer de mi mente.
Cuando llegó a su lado no se puso de pie, saludó con educación y lo que sale de su boca me irrita, fui impuntual, pero