Faddei
Aunque la sentí mía, no me perdonó, y de momento debo vivir con eso.
Desperté con su respiración tibia contra mi pecho, su mano apenas rozando mi cuello, como si su cuerpo recordara lo que su mente aún se niega a aceptar.
La miré dormir, no como un hombre mira a la que creía su enemiga, sino la miré con majestuosidad, admiración y veneración. Lo más doloroso es saber que nada había cambiado.
Ella seguía rota y yo seguía siendo el imbécil que la rompió, con alevosía y ventaja, que me llev