Faddei
No debería haberlo hecho.
Lo supe en el instante en que mis labios tocaron los suyos en medio del caos, del ruido seco de las balas y de los gritos por la radio, no fue estrategia o control, fue instinto, puro, brutal y desmedido.
La solté apenas un segundo después, lo suficiente para apoyar mi frente contra la suya.
—Perdóname —murmuré, no por el beso, sino por todo lo demás.
La rodeé con el cuerpo cuando otro impacto sacudió el vehículo. Mis hombres respondieron con precisión, yo solo tenía un objetivo: sacarla viva de ahí.
—¡Muévanse! —ordené nuevamente.
La tomé del rostro, sus manos tiemblan, y la obligué a mirarme.
—Escúchame bien, mariposa. Lo que pasó antes no importa ahora, esto es real, es una amenaza.
El intercambio terminó tan rápido como empezó, mis hombres lo hicieron demasiado limpio y calculado.
De inmediato se disipó el peligro, no me separé de ella ni un centímetro.
Cuando llegamos a la casa, ordené evacuar el perímetro y reforzar cada acceso. La llevé ade