Mabel
Le puse un límite y él me besa de forma desesperada, no es un tipo de beso que impone, sino urgente para reafirmar que sigo a su lado. Mi pecho palpita desesperado y envuelta en mi miedo, mis manos sostienen a Faddei como ese gran salvavidas que escogí para salvarme.
Sus manos comienzan a quitar la tela de mi camisa y debo detenerlo. —No, eso no lo tendrás hoy. —Sonríe.
—Lo sé, señora Moretti, solo quiero que esté cómoda. —Su respuesta no me alivia, al contrario, su voz enronquecida hace estragos en mí. Hace lo propio, desaparece mi ropa y me cubre no solo con la colcha, sino con su cuerpo. —Te daré de comer.
Asiento.
Y maldita sea si eso no fue peor, pues me mira con intensidad cada vez que abro mi boca para comer un nuevo bocado.
Al terminar apoyé la cabeza en su pecho, escuchó el latido fuerte y constante. No era el sonido de un hombre tranquilo, sino de uno que estaba luchando por controlarse y, aun así, me sostuvo.
El miedo seguía ahí, pero el cansancio pudo más.
Me quedé d