Mabel
No sé en qué momento pasé de coserle la herida a mi jefe a tenerlo en medio de las piernas. Mi respiración se agita, mi piel arde y cada acercamiento se vuelve más real, profundo y satisfactorio.
Quiero separarme y al mismo tiempo proponerle matrimonio.
Me regalo el orgasmo más delicioso y placentero que alguna vez había tenido y solo con la lengua, no puedo imaginar que se sentirá ir más allá.
Sería el esposo perfecto, guapo, ardiente y complaciente.
Desconozco el momento exacto en el que dejó de temblar, aunque mis oídos zumban al compás de mis palpitaciones cardíacas.
Me separé de él y el aire volvió a entrar en mis pulmones con violencia, comprendiendo que nada de lo que acababa de ocurrir podría deshacerse.
Lo sé por experiencia propia, el cuerpo recuerda incluso cuando la mente quiere negarlo. Me sostengo del lavabo, las manos apoyadas con fuerza y la venda está empañada nuevamente de sangre y me cubro cómo puedo, más por necesidad psicológica que por pudor, porque é