Mabel
Los hombres de mi padre no me miran a los ojos; miran hacia abajo.
—Bienvenida a casa, señorita —dice Riguer, el hombre de confianza de mi padre. —Por aquí. —Abre la puerta de la camioneta central. Suspiro cuando sujeta mi bolso de mano, subo al auto y cierro los ojos.
Siento mi corazón palpitar con fuerza y el nudo de mi estómago se vuelve doloroso, regresar aquí siempre es un desafío, no olvido a mi madre, aunque no la conocí su ausencia marcó mi vida.
Limpio las gotas cristalinas que emergen de mis ojos sin permiso, no soy débil, aprendí a no serlo, pero siempre retorno al camino que dejé ¿Acaso tener su sangre es una condena? Amo a papá, pero detesto al capo.
El trayecto hasta la propiedad de mi padre se me hace eterno, reconozco cada curva, cada árbol, nada ha cambiado, todo sigue igual.
Abren la puerta de la camioneta para que descienda y en la puerta me esperan seis empleadas domésticas y mi nana, corro a abrazarla. —Nana, te extrañe tanto. —Ella acuna mis mejillas.