Mabel
No duermo, mis lagrimas caen sin parar como un río desbordado, me siento traicionada y presionada. El amanecer llegó con crueldad y apenas se hacen las ocho de la mañana tocan la puerta, conozco perfectamente las rutinas de mi padre.
—Señorita —dice Riguer a través de mi puerta. —Su padre la espera para el desayuno.
—Ya bajaré, Riguer. —Digo aún en la cama, mi padre no me puede obligar hacer algo que no quiero, lo discutiré con él.
Casi de inmediato entra mi nana, con dos chicas más. —E