Mabel
No duermo, mis lagrimas caen sin parar como un río desbordado, me siento traicionada y presionada. El amanecer llegó con crueldad y apenas se hacen las ocho de la mañana tocan la puerta, conozco perfectamente las rutinas de mi padre.
—Señorita —dice Riguer a través de mi puerta. —Su padre la espera para el desayuno.
—Ya bajaré, Riguer. —Digo aún en la cama, mi padre no me puede obligar hacer algo que no quiero, lo discutiré con él.
Casi de inmediato entra mi nana, con dos chicas más. —El señor desea que te vistas acorde a quién eres. —Ruedo los ojos.
—No lo haré. —Ella extiende un lindo vestido para mí, con tacones y accesorios.
—No quiero perder otro dedo Mabel. —Mi nana me señala, suspiro y dejo que me vistan, peinan mi cabello, adornan mi cuello con oro y diamantes. —Eres hermosa y aunque no lo aceptes eres digna heredera, tu porte así lo indica.
No digo nada, no quiero responder a eso. Al bajar al comedor papá ya está sentado, con el periódico abierto sigue comportándos