Elara, tras levantarse y dirigirse al rincón oscuro, regresó con el pequeño cofre de madera entre sus manos. Lo depositó con cuidado sobre la mesa baja, el sonido apagado de la madera resonando en el silencio de la cabaña. Con movimientos lentos y deliberados, abrió la tapa.
Dentro, sobre un lecho de tela descolorida, reposaban varios objetos antiguos: un rosario de cuentas gastadas, una pequeña llave de hierro oxidado, un mechón de cabello envuelto en una cinta deshilachada y, justo en el cent