Con el corazón latiéndoles con fuerza y la imagen de la risa escalofriante grabada en sus mentes, cada uno se retiró a la habitación que había elegido. Valentina y Magaly se encerraron juntas, asegurando la puerta con el pestillo y colocando una silla como barricada adicional, a pesar de lo inútil que sabían que sería contra una amenaza real.
El silencio en la habitación era casi tan opresivo como la risa lo había sido en el comedor. Cada crujido de la madera, cada susurro del viento contra las