El corazón de Richard latía con una furia y un terror que nunca antes había experimentado. Sus manos temblaban mientras sus ojos intentaban inútilmente perforar la oscuridad en la dirección en que el carro se había perdido.
—¡Valentina! ¡Valentina! —gritó una y otra vez, su voz quebrándose en la noche. Pero solo el eco de su desesperación le respondía.
Anselmo y Elara llegaron corriendo, sus rostros marcados por la confusión y el miedo al escuchar el grito de Valentina.
—¿Qué... qué ha pasado,