Magaly comenzó su relato describiendo el descenso por la estrecha escalera de piedra, el aire volviéndose cada vez más denso y cargado de un olor terroso y húmedo, como de tierra removida y encierro prolongado. Al llegar al final de los escalones, se encontró en un espacio sorprendentemente amplio, aunque con el techo bajo y abovedado, construido con ladrillos oscurecidos por el tiempo y la humedad. La única iluminación provenía de la tenue rendija de luz que se filtraba por la puerta entreabie