Samantha
Ha pasado un mes desde que regresé a la ciudad.
Un mes que se me ha ido volando entre el trabajo y noches en vela hablando con Cristian; de eso no me quejo, ya que me fascina hablar por horas con él.
Ahora estoy frente a la pantalla de mi laptop. Estoy sentada en el escritorio del departamento, con el cabello recogido de cualquier manera y una taza de café bien caliente a un lado. Aunque ya se me fueron las ganas de bebérmelo, algo nada común en mí, ya que me gusta mucho el café.
La luz entra por la ventana, pero no me inspira. Nada lo hace. La historia está ahí. Abierta. Mirándome. El cursor parpadea con descaro, como si se burlara de mí.
He reescrito el mismo párrafo al menos diez veces, y lo he borrado otras diez más. No me gusta. No fluye. No se siente real. Y eso me desespera, porque esta historia no es cualquier cosa: es mi historia. La que planeo mostrarle a mi jefe. La que podría convertirse, por fin, en mi oportunidad.
Siempre ha sido mi sueño ser una gran escritora