Samantha
—Sam, vamos, despierta. Llegaremos tarde —escucho la voz lejana de mis amigas.
No quiero despertar. No tengo ganas. Me siento cansada, pesada, como si no hubiera dormido en días. Mi cuerpo protesta solo con respirar y mi mente se aferra al último hilo de sueño que me queda.
—Cinco minutos más… —murmuro, enterrando la cara en la almohada.
—Si no despierta, te vamos a echar agua. Tú eliges.
La amenaza me atraviesa como un rayo. Abro los ojos de golpe, incorporándome de inmediato.
—¡Ni se les ocurra!
Las dos están frente a mí, con sonrisas enormes, demasiado felices para la hora que es. Las fulmino con la mirada mientras intento acomodarme el cabello, que seguramente parece un nido de pájaros.
—Ni se les ocurra —repito, ahora más seria—. Saben perfectamente que no pueden.
—Lo sabemos —dice Alex encogiéndose de hombros—, pero fue la mejor opción para que te despertaras.
—Son unas fastidiosas —refunfuño—. No me dejan dormir en paz. Y esto me recuerda al día que me echaron agua cu