Samantha
Llegó el día en que debo regresar a la ciudad. Desde que Cristian y yo volvimos a hacer el amor hace dos días, no me ha dejado sola ni un segundo; está pegado a mí como un chicle con apego emocional incluido. Y no me quejo… bueno, tal vez un poco. Pero ya debo regresar, y la verdad eso me pone triste, aunque sé que en poco tiempo él estará conmigo otra vez.
Sin muchas ganas, me ayuda a terminar de empacar mis cosas. No sé de dónde salió tanta ropa, porque terminé necesitando otra maleta. Juro que esa ropa no era mía… o sí, pero no toda.
—Esto es imposible —murmura mirando la montaña de ropa—. ¿Te vas a mudar o estás evacuando el país?
—Muy gracioso —respondo, doblando una blusa—. No es mi culpa que tu clóset haya absorbido mis cosas como un agujero negro.
—Eso es porque te adueñaste de la casa —dice abrazándome por detrás—. Hasta mi cama ya no es mía.
—Nunca lo fue —contesto con una media sonrisa.
—Amor… —dice de pronto, con ese tono que ya conozco—. ¿No piensas volver a ver