El viaje comenzó con niebla.
El tren que Amara tomó desde el último pueblo de la línea serpenteó entre cerros, túneles y laderas vacías. El vagón iba casi vacío. A su lado, una anciana dormía con la cabeza ladeada, murmurando palabras en un idioma que no reconocía.
El silencio del paisaje era antinatural.
Como si el tiempo, al cruzar cierta frontera, dejara de avanzar.
Cuando el tren se detuvo en la estación señalada como “Nido Viejo”, no hubo voz que anunciara la parada. Solo el crujido de los