El día no comenzó.
El sol subió, sí. Pero su luz era pálida. Fría. Como una lámpara de papel a punto de extinguirse.
Desde las primeras horas, el cielo se volvió metálico, y las nubes giraban en espiral sobre Almaviva. El pueblo entero se había silenciado. Hasta los relojes dejaron de funcionar. Como si el tiempo supiera que no debía avanzar más.
Amara caminaba hacia el centro del claro con Vera y Leónidas detrás. Cada uno llevaba una parte del ritual. Ella, el cristal ahora claro. Vera, el sím