La puerta de la biblioteca se abrió con un quejido que parecía arrastrar siglos.
Amara entró con los pasos firmes y los ojos encendidos. Leónidas levantó la vista desde su escritorio; parecía más viejo que el día anterior. Tenía una taza entre las manos, pero no la levantaba.
—¿Vienes de la casa? —preguntó él.
Amara no respondió. Caminó hasta la mesa y dejó caer el cristal negro sobre la madera con un sonido seco.
—Él vino. El vigía.
Leónidas cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, una tr