El mundo no colapsó.
No estalló en fuego ni desapareció en silencio.
Simplemente… respiró.
Después del eclipse, después del grito que no fue de guerra ni de muerte, sino de reconocimiento, el planeta siguió girando. El mar volvió a latir. Las estrellas salieron con timidez.
Pero algo había cambiado.
Amara también.
Pasaron días. No fue inmediato. El cuerpo de Amara aún dolía. No físicamente, sino en los lugares donde nunca pensamos que existe el dolor:
en los recuerdos,
en las preguntas,
en las