El cielo era un desierto de ceniza.
Amara caminaba por la carretera desierta con el mapa en una mano y el cristal transparente en la otra. La brújula giraba sin control. Las aves ya no volaban. El viento no soplaba.
El mundo parecía contener la respiración.
Faltaban tres días para el eclipse.
Y algo se estaba acercando.
La encontró antes de esperarlo: una figura encapuchada sentada junto a un viejo cartel oxidado que decía "Santuario del Umbral – 2 km."
—Te vi en mis sueños —dijo la mujer sin l