El amanecer nos sorprendió en la carretera. Sebastián manejaba con el ceño fruncido, concentrado, mientras yo aún sentía el calor de su chaqueta y el eco de lo que había pasado entre nosotros unas horas atrás. Mi cuerpo todavía ardía en lugares que no sabía que podían arder, y mi mente oscilaba entre el vértigo y la culpa.
Él no hablaba. Solo encendía un cigarrillo tras otro, como si necesitara quemar los pensamientos que no se atrevía a decir en voz alta. Yo quería preguntarle qué seguía, cómo