El eco de las palabras de Julián aún me perseguía: “Importa la historia que se cuenta.”
Yo era la víctima perfecta de su narrativa, una marioneta con la que él compraba simpatía pública y lavaba su nombre.
Esa noche no pude dormir. Sebastián me escribió poco antes del amanecer:
“Reúnete conmigo. No puedo esperar más.”
Lo encontré en un almacén abandonado, uno de esos lugares donde nadie hace preguntas. El olor a humedad impregnaba las paredes. Él estaba allí, con su portátil abierto sobre una