El reloj del coche marcaba las ocho de la noche cuando Sebastián apagó las luces y estacionó a dos cuadras del edificio. Yo me mordía las uñas, incapaz de contener el temblor en mis manos.
—Respira —dijo él, con voz baja, sin apartar la vista del lugar—. Solo observa.
—¿Y si nos descubren? —susurré.
Sebastián se giró hacia mí. Su mirada era firme, cortante.
—Entonces ya no habrá dudas.
Me estremecí.
El edificio frente a nosotros era discreto, con fachada moderna y ventanales oscuros. No tenía l