La mañana siguiente amaneció con un silencio opresivo. Julián salió temprano y yo apenas tuve fuerzas para despedirlo. No podía dejar de pensar en la carpeta escondida, en las fotos que Sebastián me había dado la noche anterior.
“Eres la llave.”
La frase me golpeaba una y otra vez.
Tomé el celular con manos temblorosas. Dudé unos segundos y marqué.
—Sabía que llamarías —respondió su voz grave, apenas sonar la primera campanada.
Una hora después nos encontramos en el mismo café apartado. Sebasti