Lucía acariciaba con delicadeza mi urna. Una lágrima cálida cayó sobre la superficie fría, rompiendo el silencio con un eco casi sagrado.
Yo, desde algún lugar fuera de todo, sentí el alma revuelta en un torbellino de emociones.
—Evina... cuando éramos niñas, tú me sacaste de aquel ático que era un infierno.
Ahora me toca a mí liberarte a ti.
Después... ¿podrías visitarme más seguido en mis sueños?
Sin ti, la vida se vuelve tan vacía... tan solitaria.
Hubiera preferido morir yo. Tú eras tan buen