A David se le nubló la vista. Cayó de rodillas al suelo.
Murmuraba sin cesar:
—No puede ser… no, no puede ser…
El celular se le resbaló de la mano, estrellándose contra el piso. La pantalla se rompió en mil líneas.
—¿David? ¿Qué pasó? ¡Levántate ya!
Mi madre intentó ayudarlo a ponerse de pie, pero él apenas pudo decirlo, como si cada palabra le arrancara el alma:
—La policía... llamaron... dijeron que Evina está muerta.
Ella explotó. Lo empujó con fuerza, gritándole como una fiera herida:
—¡¿Qué