El silencio que siguió a aquellas miradas fue roto apenas por el momento en que Dorian se levantó con una calma que era más peligrosa que la ira. En su semblante no había rastro de emoción, solo la fría máscara de un rey que no toleraba desafío.
Los vampiros lo observaron en un mutismo reverencial, como si su sola presencia dictara un mandato incuestionable. Lia apenas tuvo tiempo de apartarse antes de que su mano se cerrara sobre su brazo con firmeza. No hubo violencia en aquel gesto, pero sí