La segunda noche cayó sobre la cabaña con un silencio pesado. Lia yacía en la cama, su cuerpo pálido temblando bajo las sábanas como una hoja atrapada en la tormenta. Cada estremecimiento la hacía sentir el frío penetrando hasta los huesos, y la fiebre que había combatido durante el día parecía rendirse ante la debilidad que la consumía.
El cansancio debilitaba su cuerpo pero no encontraba manera de conciliar el sueño mientras su cuerpo temblaba. Cada respiración era un hilo frágil que sostenía