El calor en la habitación era opresivo, mezclándose con el aroma a incienso, hierbas y madera húmeda, envolviendo el aire en una densidad casi tangible.
Lia yacía en la cama, su cuerpo estremeciéndose bajo las sábanas, la fiebre ardiendo como brasas encendidas bajo su piel. Sus ojos cerrados apenas dejaban escapar un hilo de conciencia, y cada respiración era un susurro que parecía luchar por mantenerse despierta.
Teresa se movía con precisión a su alrededor, humedeciendo paños y colocándolos s