Los días transcurrían en la habitación de la clínica con una calma extraña, como si el mundo entero se hubiera detenido fuera de esas paredes. Ekaterina abría los ojos cada mañana con la misma mezcla de sorpresa y gratitud: seguía viva. Cada día era una pequeña victoria. Al principio, apenas podía hablar, su cuerpo respondía con lentitud, pero cada vez que sus ojos buscaban los de Norman, encontraba en ellos una fuerza inquebrantable. Él no se había movido de su lado. Dormía en la butaca incómo