Entró en silencio. Las luces blancas, los monitores y el olor a desinfectante lo hicieron recordar sus años de formación, pero esta vez era distinto: el paciente no era anónimo, no era parte de un informe. Era su propio hijo. Una enfermera se acercó con una sonrisa comprensiva. —Doctor Sandman, está en la incubadora número tres. Nathan caminó hacia allí, sintiendo que cada paso pesaba toneladas. Cuando lo vio, tan diminuto, con el gorrito cubriéndole la cabeza y los electrodos en su piel delica