Entró en silencio. Las luces blancas, los monitores y el olor a desinfectante lo hicieron recordar sus años de formación, pero esta vez era distinto: el paciente no era anónimo, no era parte de un informe. Era su propio hijo. Una enfermera se acercó con una sonrisa comprensiva. —Doctor Sandman, está en la incubadora número tres. Nathan caminó hacia allí, sintiendo que cada paso pesaba toneladas. Cuando lo vio, tan diminuto, con el gorrito cubriéndole la cabeza y los electrodos en su piel delicada, una oleada de emoción lo golpeó. Era suyo. Era de Olivia y suyo. Apoyó la mano en el cristal, con lágrimas silenciosas en los ojos. —Hola, pequeño… soy tu papá —susurró, su voz quebrada—. Eres tan fuerte, igual que tu mamá. El bebé se movió apenas, como si respondiera. Nathan rió suavemente, tembloroso. —Eres lo mejor que me pasó. Tu mamá… ella también te ama. Y voy a hacer todo para que crezcas a su lado, para que la veas sonreír. La enfermera le ofreció guantes y le indicó que podía tocarl