Después de escuchar la historia que había contado Malena, Alondra permaneció un largo instante sentada en el mismo lugar. Su rostro estaba pálido, y aunque Lía y su madre quisieron acercarse para consolarla, ella levantó la mano en un gesto firme, como pidiendo silencio. Nadie se atrevió a decir palabra.
Carlos y Claudia ayudaron a Malena a llegar a su alcoba; la mujer temblaba todavía, llorando con desgarro. En la sala reinaba un silencio pesado, solo interrumpido por los sollozos que se escuc