Los días siguientes fueron pasando lentos, casi perezosos, como si el tiempo quisiera quedarse a mirar cómo Alondra y Carlos se volvían cada vez más cercanos. Entre ellos había risas, miradas cómplices y silencios que decían más que cualquier palabra. La hacienda La Esperanza estaba más tranquila que nunca.
Don Emiliano, a veces, los observaba con gesto serio, como si no notara nada… pero claro que lo notaba. Manuela y los demás ya lo sabían: era un secreto a voces que entre la patrona y Carlos