El beso de la condenada.
Alondra llegó a su casa con el cansancio pegado al cuerpo, pero la mente revuelta no la dejaba descansar. Sin pensarlo demasiado, tomó las llaves de la camioneta y encendió el motor. El ruido del vehículo rompió el silencio de la noche mientras se dirigía al pueblo.
El bar de Juana estaba lleno de vida. El ambiente era movido, la música sonaba fuerte y el murmullo de voces se mezclaba con risas y golpes de vasos. Había rostros conocidos, campesinos de la zona, pero tamb