Esa tarde, el Padre Miguel llegó a La Esperanza, y la brisa cálida del atardecer parecía acompañar su llegada. Manuela salió a recibirlo, sus ojos brillaban de alegría y un nudo de emoción se formaba en su garganta.
—¡Padre Miguel! Qué alegría verlo de nuevo —exclamó, abrazándolo con fuerza.
—Gracias, Manuela —respondió él con una sonrisa—. Me alegra encontrarme con usted. ¿Cómo ha estado?
—Bien, gracias a Dios —dijo Manuela, intentando mantener la compostura—. Tome asiento. Don Emiliano vendrá