La mañana en La Esperanza amaneció serena. El aire fresco entraba por las rendijas de las ventanas y, por primera vez en muchos días, Alondra había podido dormir tranquila. El insomnio que la venía atormentando cedió, pues la paz de saber que don Emiliano había firmado al fin los documentos de venta le dio un respiro.
Se revolvió perezosa entre las sábanas, dispuesta a quedarse un rato más en la cama. Pero un golpe insistente en la puerta interrumpió ese pequeño regalo de calma.
—¿Quién es a es