Los días siguientes en Pueblo Chico estuvieron marcados por un aire de inquietud. El rumor corría como el viento: los robos de ganado y caballos habían aumentado de forma alarmante. No solo en las tierras del pueblo, sino también en las haciendas vecinas.
Hacía ya dos años que, en lo más profundo de las montañas de San Sarabanda, se habían asentado grupos de bandidos. Desde entonces, cada cierto tiempo se escuchaban historias de grandes asaltos: corrales vacíos al amanecer, establos forzados, r