Una tarde dorada, cuando el sol parecía acariciar las montañas con hilos de fuego, Alondra y Carlos daban los últimos toques a la pequeña casa que con tanto empeño habían levantado.
Don Emiliano, orgulloso del esfuerzo de la pareja, les había entregado unas tierras como regalo, un gesto que llenaba de esperanza a ambos. El lugar, rodeado de campos y de árboles que se mecían con el viento, parecía prometer un nuevo comienzo.
Alondra, con las mangas arremangadas, sostenía un martillo con sorprend