Mundo ficciónIniciar sesiónAlma llegó temprano al Instituto, como era su costumbre diaria. Tras bajarse del autobús público y cruzar los imponentes portones del Instituto, caminó por los pasillos hasta ingresar a su aula. Lo primero que hizo, de manera casi automática, fue buscar a Samuel con la mirada. Su asiento estaba vacío. Sacó su teléfono y le escribió rápidamente:
Alma: "¿Dónde estás?"
La respuesta tardó un par de minutos en llegar a la pantalla:
Samuel: "Cinco minutos. Ya llego."
Alma sonrió negando levemente con la cabeza mientras guardaba el dispositivo. "Otra vez llegó tarde", pensó con cierta ternura.
Poco después, el murmullo constante y el bullicio del salón comenzaron a disminuir de forma drástica, como si el volumen del entorno se hubiera apagado gradualmente. Alma levantó la vista justo a tiempo para presenciar la entrada de Alexander.
Avanzaba flanqueado por cuatro o cinco compañeros que lo rodeaban como si de una escolta personal se tratara. Todos hablaban con él, buscando su aprobación, y se reían con ganas de cualquier comentario insignificante que saliera de su boca. Una chica corrió ansiosa hacia él desde la primera fila:
—Alexander, felicidades por el segundo lugar.
Le entregó una cuidada caja de chocolates de marca. Mientras tanto, otra estudiante se acercó con sutileza para acomodarle el cuello de la corbata, un chico le preguntó con insistencia si iría a la fiesta privada del viernes y otro se ofreció de inmediato a cargarle la mochila escolar.
Alma observó el espectáculo durante varios segundos en silencio. "Qué patético", pensó para sus adentros. No porque le molestara que Alexander fuera popular o el centro de atención, sino porque toda esa gente parecía no tener vida propia fuera de agradarle a él.
En ese momento, rompiendo con la rutina habitual, Alexander caminó directamente hacia el escritorio de Alma. Todos los presentes en el aula se quedaron en silencio, sorprendidos por el gesto.
—Felicitaciones por el primer lugar —dijo él, deteniéndose frente a ella.
Alma levantó la vista despacio y le sonrió. Sin embargo, su perspicacia le permitió notar un detalle de inmediato: la sonrisa de Alexander no llegaba a sus ojos. Era una máscara ensayada y completamente falsa.
Ella, haciendo gala de su autocontrol, ejecutó exactamente la misma jugada: le devolvió una sonrisa de la misma calidad, perfectamente calculada y vacía de emoción.
Los dos se estrecharon la mano. Desde afuera, para cualquiera que los observara, parecía una escena sumamente cordial entre los dos mejores estudiantes de la generación. Pero bajo la superficie, la realidad era otra.
Alexander mantenía sus pensamientos ocultos tras su rostro impecable: "Qué molesto. Otra vez esta chica por encima de mí". A él no le molestaba perder; lo que realmente le irritaba era perder contra alguien como Alma. Para Alexander, en cuanto terminaran el colegio, el apellido de su familia seguiría abriéndole todas las puertas del mundo. Alma, en cambio, no tenía contactos, no tenía dinero ni influencia alguna. En el futuro, lo más probable era que ella terminara trabajando para alguien de su estatus. ¿De qué le servía entonces ser la mejor estudiante?
Sin que nadie más en el salón se diera cuenta, Alexander sacó un pañuelo de su bolsillo y limpió discretamente su mano tras romper el saludo. Alma, sin embargo, alcanzó a ver el gesto de reojo. "Qué patético", concluyó en su mente, reafirmando su desprecio por esa actitud.
Unos minutos después, Alexander comentó casualmente en voz alta que tenía algo de sed. Ni siquiera alcanzó a terminar la frase cuando uno de sus seguidores saltó de su asiento:
—Voy por una botella.
—Yo también voy —añadió otro de inmediato, compitiendo por complacerlo.
Alma volvió a mirar la pantalla de su teléfono. Podría hacer exactamente lo mismo si se lo propusiera. Sabía perfectamente cómo agradar a las personas, conocía los mecanismos de la manipulación y sabía decir con precisión lo que cada uno quería escuchar. Podría integrarse sin problemas en el círculo cercano de Alexander si ese fuera su objetivo. Pero... ¿para qué? Cuando el colegio terminara, dejaría de ser una compañera para convertirse en otra persona más buscando favores de su familia. Ella no quería eso. Prefería ser su competencia directa, jamás su admiradora, queria ser su su rival.
Las clases dieron inicio oficialmente, pero Samuel seguía sin aparecer en su lugar. Preocupada, Alma volvió a escribirle.
Él respondió instantes después: "Encontré un perrito atropellado. Lo llevé a un veterinario. Ya voy."
Alma dejó ir un largo suspiro. "Samuel...", pensó con resignación.
Alma: "Date prisa. Si llegas tarde otra vez te van a sancionar."
Samuel: "Cinco minutos."
***
Llegó finalmente durante la segunda hora de clase. Entró al aula despeinado, agitado por la carrera y desprendiendo un claro olor a desinfectante clínico combinado con pelaje húmedo.
Un par de chicas de la fila lateral no tardaron en soltar risitas burlonas.
—¿Qué olor es ese? —comentó una de ellas en tono alto.
—¿Venía abrazando un basurero o aun muerto? —respondió la otra.
Varios estudiantes soltaron la carcajada. Samuel bajó la cabeza de inmediato, apretando los puños con vergüenza.
Antes de que los murmullos crecieran, Alma intervino. Su voz sonó serena, pausada y con un calma:
—Debes tener un olfato extraordinario.
La chica que había hecho el primer comentario la miró, frunciendo el ceño.
—¿Perdón?
—Sí —continuó Alma, mirándola fijamente—. Debe ser una característica muy útil para alguien como tú. Como un sabueso.
Esta vez fue el resto del salón el que soltó las risas, cambiando de objetivo. La chica se puso completamente roja de la humillación.
—¿Me acabas de decir perra?
Alma ladeó ligeramente la cabeza, simulando inocencia.
—Yo no dije eso. Si tú lo entendiste así... no puedo discutir contra tu propia lógica.
En ese instante entró el profesor al salón, imponiendo silencio inmediato. Tras regañar al grupo por el desorden, dirigió su atención hacia Samuel.
—Ve al baño, arréglate —ordenó el docente con firmeza—. Y cuando regreses, hablaremos seriamente sobre tus constantes retrasos.
Samuel asintió en silencio, avergonzado. Alma levantó de inmediato la mano.
—Profesor, ¿puedo acompañarlo?
El profesor le dio la autorización con un ligero gesto de cabeza.
En el pasillo exterior, lejos de las miradas inquisitivas del salón, Alma se detuvo junto a Samuel y comenzó a acomodarle con cuidado el cuello del uniforme.
—Entiendo que quieras ayudar a todos —dijo con suavidad pero con firmeza—. Pero también debes cuidarte a ti mismo. Llegaste tarde y ahora todos se burlan de ti.
Samuel mantuvo la mirada fija en el suelo, derrotado.
—Perdón... Siempre termino dándote problemas.
Alma sonrió con calidez, acortando la distancia.
—Nunca serás un problema para mí —tomó su mano entre las suyas y lo miró a los ojos—. Eres mi amigo. Y mientras yo esté aquí... siempre voy a protegerte.
Justo cuando salían de la zona de los baños masculinos, una figura se interpuso en su camino. Era Alexander. Llevaba en las manos una bolsa de la tienda del instituto.
—Pensé que podría servirte —dijo Alexander con amabilidad, extendiéndole a Samuel un uniforme limpio y doblado.
Samuel, sorprendido por el gesto, lo recibió. Pero en el instante exacto en que sus dedos rozaron la mano de Alexander, Samuel se quedó completamente inmóvil. Un sonrojo intenso y evidente cubrió sus mejillas de inmediato.
Alma notó esa reacción al instante, guardando el detalle en su memoria con extrañeza.
Alexander sonrió de lado. No era una sonrisa de empatía ni de interés sincero; era la sonrisa de alguien que acababa de descubrir una pieza clave en el tablero.
—No se preocupen —dijo Alexander con un tono pausado y tranquilo—. Guardaré el secreto. No le diré a nadie que ustedes dos salieron juntos del baño de hombres. Sería una pena que empezaran a circular rumores de ti.
Samuel se puso completamente rojo, incapaz de articular palabra.
Alma apretó la mandíbula. Comprendió a la perfección la verdadera intención de Alexander: no estaba siendo amable ni intentando ayudar, estaba sembrando una amenaza sutil y manipulando la situación a su favor.







