Mundo ficciónIniciar sesiónElla acepta un matrimonio por contrato para salvar a su familia. Decide vivir su última noche de libertad con un desconocido misterioso y dominante. Al día siguiente, descubre que el hombre con el que se casará no es quien creía… y el que ya poseyó su cuerpo es el verdadero dueño del imperio, el CEO que todos confunden con su propio hijo.
Leer másEl reloj marcaba las siete de la tarde cuando Elisa Méndez firmó la última autorización de pago, consciente de que ese dinero no alcanzaría ni para cubrir los intereses del mes. Soltó el bolígrafo sobre el escritorio y se reclinó en la silla, con un suspiro cargado de frustración. Tenía veintiséis años, una mente aguda y una determinación que había heredado de su padre, pero en ese momento nada de eso parecía suficiente para cambiar lo que tenía frente a ella, cifras en rojo, notificaciones de impago y una realidad que se cerraba como una trampa.
Construcciones Méndez, la empresa que había visto crecer desde niña, estaba al borde del colapso. Una mala inversión en un proyecto inmobiliario había arrastrado todo lo demás en cuestión de meses. Las deudas se acumulaban, los juicios pendientes amenazaban con quitarles hasta el último bien, y el banco ya había fijado una fecha límite, tres días. Si no conseguían el capital necesario, perderían todo, instalaciones, propiedades, el nombre y el esfuerzo de toda una vida. El teléfono de la oficina sonó por tercera vez esa hora. Elisa ni siquiera miró la pantalla. Cerró de golpe la carpeta de balances. Había revisado cada número, renegociado plazos, aceptado contratos con márgenes mínimos. Nada era suficiente. La puerta se abrió y entró Carlos Méndez. Al verlo, Elisa sintió que el peso en su pecho aumentaba. Su padre parecía haber envejecido años en pocas semanas: hombros caídos, mirada apagada, una expresión de derrota que nunca antes había visto en él. —Lo he intentado todo, Elisa —dijo Carlos antes de que ella pudiera preguntar. Su voz sonaba ronca, gastada —He recorrido cada oficina, hablado con todos los contactos que tenemos, ofrecido cualquier garantía… nadie quiere arriesgarse con nosotros. Dicen que es una causa perdida. Elisa se puso de pie y se acercó a él, sintiendo una mezcla de rabia y tristeza. —Entonces, ¿ya no hay nada que hacer? ¿Simplemente nos rendimos? —preguntó Elisa. Carlos negó con la cabeza despacio. Levantó la vista y, en sus ojos, apareció un atisbo de esperanza mezclada con una amargura que no podía ocultar. —Hay algo —dijo Carlos —Algo que llegó esta mañana y que no esperaba ni en mis peores sueños. Me llamaron del Grupo Varela. Elisa frunció el ceño, sorprendida. El Grupo Varela era el imperio más poderoso del país, constructoras, bancos, desarrollos inmobiliarios, negocios en cada sector de la economía. Su nombre imponía respeto y temor, pero nunca habría imaginado que se fijaran en una empresa tan pequeña y en crisis como la suya. —¿El Grupo Varela? —repitió Elisa —¿Qué pueden querer de nosotros? No tenemos nada que les interese. —Precisamente por eso me sorprendió —continuó Carlos, sentándose con dificultad —Dicen que han seguido nuestra trayectoria durante años y consideran que la marca tiene valor si se inyecta el capital necesario. Están dispuestos a cubrir cada una de nuestras deudas, pagar los juicios y dejar la empresa funcionando con solvencia en menos de un mes. Nos salvarían de la ruina total. Elisa sintió que la esperanza encendía un instante en su pecho, pero la desconfianza no tardó en apagarla. —¿Y cuál es el precio? —preguntó Elisa directamente—No van a regalar millones sin pedir algo mucho mayor a cambio. Su padre guardó silencio unos segundos, desviando la mirada, como si le costara pronunciar las palabras. —La condición es una sola —dijo Carlos finalmente, con voz entrecortada —Quieren que tú te cases con Bruno Varela, el hijo del dueño y heredero oficial del imperio. El matrimonio sellará la alianza entre ambas familias. Las palabras cayeron sobre Elisa como un balde de agua helada. Por un instante creyó haber escuchado mal, pero la expresión de su padre confirmaba que era real. La sorpresa se transformó en indignación, en una rabia que le subió desde el estómago hasta la garganta. —¿Me estás diciendo que lo que piden es que me convierta en moneda de cambio? —exclamó Elisa, caminando de un lado a otro con pasos rápidos y agitados —¡Toda mi vida me has enseñado a ser libre, a decidir por mí misma! ¿Y ahora me pides que venda mi futuro, mi cuerpo y mi nombre por un contrato? ¡No soy un objeto que se negocia! —¡No lo digas así! —suplicó Carlos, levantándose también, con lágrimas asomando en sus ojos — Sabes que nunca haría esto si tuviera otra opción. Pero es la única puerta que se nos abre. Si aceptas, seguiremos teniendo nuestro hogar, nuestros recuerdos, la empresa que construimos con tanto esfuerzo. Si no, lo perderemos todo, y además arrastraremos deudas durante décadas. Viviremos en la miseria, hija. Elisa se detuvo en seco frente a él. La rabia seguía viva, pero al mirarlo vio la desesperación reflejada en cada arruga de su rostro. Él no lo hacía por codicia, sino por miedo a ver desaparecer el fruto de su vida. Ella también amaba esa empresa, también amaba la estabilidad que habían tenido. Pero el precio le parecía demasiado alto. —¿Y quién es ese tal Bruno Varela? —preguntó Elisa con más calma, aunque con la mandíbula apretada—¿Sabes algo de él? —Sé que tiene veintiocho años, que estudió en las mejores universidades y que se prepara para asumir el mando de la empresa —respondió Carlos con honestidad —Pero admito que no sé mucho más. Los Varela son muy reservados. Lo que ofrecen es legal y seguro: el matrimonio tendrá cláusulas que te protegen. Mantendrás tus bienes, tu libertad de movimiento, y si en el futuro ambas partes están de acuerdo, podrá disolverse. Se acercó y dejó sobre la mesa una carpeta gruesa con el logotipo del Grupo Varela impreso en la portada. —Aquí están todos los documentos —dijo Carlos — Léelos tú misma. Solo te pido que lo pienses bien. No tenemos otra salida. Elisa miró la carpeta como si en su interior guardara una cadena lista para encerrarla. La tomó entre sus manos y sintió el peso del papel, pero también el peso de la decisión que debía tomar. Una parte de ella quería lanzarla contra la pared. Otra, la más asustada, ya sabía cuál sería su respuesta. Volvió a mirar a su padre, su rostro cansado y roto, y comprendió que la responsabilidad recaía sobre ella. El silencio se extendió, cargado de preguntas, miedos y un destino que parecía cerrarse sin darle espacio para elegir. Elisa asintió despacio, sin apartar la vista de los papeles. Pero justo cuando iba a hablar, su teléfono vibró sobre la mesa. Un mensaje, de un número desconocido. «Antes de firmar nada, deberías saber quién es realmente Bruno Varela.»La luz de la mañana entró por las cortinas entreabiertas con una claridad que a Elisa le pareció casi cruel. Llevaba despierta desde antes del amanecer, tumbada en la cama, mirando el techo, escuchando el silencio extraño que se había instalado en la casa. No era un silencio de paz, sino de contención, como si toda la casa estuviera conteniendo la respiración junto a ella. Se levantó despacio, con el cuerpo pesado por una noche de sueño irregular, y caminó hasta la ventana. Afuera, el jardín lucía impecable, preparado para las fotografías previas que se tomarían antes de partir hacia la residencia Varela. Todo estaba listo. Todo, excepto ella. Se duchó en silencio, dejando que el agua le recorriera la piel sin prisa, como si quisiera alargar cada segundo de esa mañana, sabiendo que sería la última en que despertaría siendo, oficialmente, solo Elisa Méndez. Cuando salió, encontró sobre la cama el vestido de novia, extendido con un cuidado casi religioso por la modista, seda blanca, e
El taxi se detuvo frente a la casa cuando el cielo apenas empezaba a clarear, con esa luz azulada y fría que precede al amanecer. Elisa pagó al conductor con manos que aún no terminaban de dejar de temblar y entró procurando no hacer ruido, como si las paredes de su propia casa pudieran juzgarla. Subió directo a su habitación y cerró la puerta con el mismo cuidado silencioso con el que había cerrado, horas antes, la puerta de aquel cuarto de hotel. Se quitó los zapatos, dejó caer el abrigo sobre la silla y se detuvo frente al espejo de cuerpo entero. Apenas se reconoció... Tenía el cabello suelto y despeinado, el maquillaje corrido en los bordes de los ojos, y en el cuello, apenas visible bajo la línea del vestido, una marca rojiza que no estaba ahí la noche anterior. Se llevó los dedos a la piel y la presionó suavemente, sintiendo un eco del calor que la había recorrido horas antes. No dolía. Al contrario, era casi un consuelo, una prueba de que lo vivido había sido real y no un su
La puerta se cerró con un clic suave, pero ese sonido resonó en el pecho de Elisa como si sellara un pacto irrompible. Al instante, el ruido lejano de la música y las voces del club desapareció por completo, dejando paso a un silencio cargado de electricidad, donde solo se escuchaban las respiraciones aceleradas de ambos. La habitación estaba bañada por una luz tenue y cálida, que se filtraba a través de una lámpara de cristal colocada en una mesa lateral, proyectando sombras largas y suaves sobre las paredes tapizadas de terciopelo oscuro. En el centro, una cama amplia cubierta con sábanas de satén blanco invitaba al reposo, pero también a algo mucho más intenso y prohibido. El aire olía a madera fina, a perfume masculino y a un ligero aroma a jazmín que parecía desprenderse de las cortinas. Alejandro se quedó de pie frente a ella, inmóvil, observándola con esa mirada oscura y penetrante que hacía que el corazón de Elisa latiera con una fuerza que casi le dolía. No se apresuró, no
Los siete días que separaban a Elisa de la boda transcurrieron con una lentitud que le parecía interminable, pero también con una sensación de urgencia que le apretaba el pecho cada mañana al despertar. Por fuera, trataba de mantener la calma, respondía a las llamadas de los organizadores, probaba vestidos, elegía arreglos florales y fingía interesarse por cada detalle de una ceremonia que, en el fondo, sentía que no le pertenecía. Pero por dentro, su mente giraba en torno a una sola idea: aprovechar hasta el último segundo lo que le quedaba de libertad. El mensaje del número desconocido seguía ahí, guardado en su teléfono, releído más veces de las que estaba dispuesta a admitir. «Todavía no sabes quién soy, pero yo ya lo sé todo sobre ti.» Había decidido ignorarlo. Fuera quien fuera, no iba a permitir que le arruinara la única noche que se había prometido a sí misma. Había investigado durante dos días seguidos, preguntando con discreción entre conocidos y revisando información en i
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