Mundo de ficçãoIniciar sessãoEl viernes llegó y, como ocurría casi todas las semanas, los pasillos del instituto comenzaron a llenarse de comentarios sobre la fiesta de esa noche. No era un evento especial ni una celebración única; era simplemente una costumbre.
Cada viernes, los amigos de Alexander Beaumont organizaban una reunión privada en algún lugar exclusivo de la ciudad. A veces era un club, otras veces una casa de lujo o un salón reservado. Siempre conseguían reunir a jóvenes de distintos círculos: estudiantes de otros institutos, universitarios, modelos y personas acostumbradas a moverse en ambientes. Para muchos, recibir una invitación significaba formar parte, aunque fuera por una noche, del mundo de Alexander. Un mundo donde casi todos querían entrar.
En el salón de clases, mientras varios estudiantes hablaban emocionados sobre la fiesta, uno de los amigos de Alexander se acercó al lugar donde Alma estaba organizando sus apuntes.
—Alma —la llamó.
Ella levantó la mirada.
—¿Sí?
El chico le sonrió de manera amable.
—Esta noche vamos a hacer una fiesta. Si quieres, estás invitada.
Algunas personas cercanas escucharon la conversación y miraron con curiosidad; no era común que alguien como Alma recibiera una invitación para ese tipo de reuniones. Ella pareció sorprendida durante unos segundos, pero después sonrió con educación.
—Gracias por pensar en mí, de verdad —respondió ella—. Pero no podré ir.
—¿Segura? —preguntó el chico, esperando su respuesta.
Alma asintió con firmeza.
—Sí. Quizás en otra ocasión.
No hubo rechazo ni desprecio en sus palabras; simplemente parecía que realmente no tenía interés. El chico aceptó con una sonrisa y regresó junto a sus amigos.
Desde su lugar, Alexander había observado toda la escena.
—¿Qué le dijiste? —preguntó Alexander cuando el joven volvió.
—La invité a la fiesta.
Alexander miró hacia donde estaba Alma y frunció ligeramente el ceño.
—¿Y?
—Me rechazó.
Por alguna razón, esa respuesta llamó su atención. Alma había rechazado una invitación que muchas personas aceptarían sin pensarlo y Alexander no entendía por qué. Ella no parecía sentir curiosidad por ese mundo.
Alexander observó sus libros, su uniforme sencillo y la forma en que concentraba toda su atención en sus estudios. "Seguramente tiene otras cosas en qué preocuparse", pensó. Tal vez debía trabajar después de clases o tenía responsabilidades que los demás desconocían. Era extraño: la mayoría de las personas intentaban acercarse a su círculo, pero ella parecía hacer todo lo contrario.
***
Más tarde, cuando terminó una de sus clases, Alexander salió del salón para dirigirse al baño. Mientras caminaba por el pasillo, alguien chocó accidentalmente contra él.
—Lo siento —dijo una voz.
Era Samuel, quien inmediatamente dio un paso atrás asustado.
—Fue mi culpa. No estaba mirando.
Alexander lo observó unos segundos. Samuel siempre tenía esa misma reacción cuando estaban cerca; parecía ponerse nervioso sin razón.
—No fue nada —respondió Alexander—. No tienes que disculparte tanto.
Samuel levantó la mirada.
—¿Seguro?
Alexander asintió y al notar que el chico parecía más nervioso de lo normal, sin pensarlo demasiado, colocó una mano sobre su hombro. El efecto fue inmediato: Samuel se quedó completamente rígido. Alexander tuvo que contener una sonrisa. "Este chico es realmente fácil de leer".
Cada vez que estaban cerca, Samuel parecía olvidar cómo comportarse.
Le resultaba gracioso.
—¿Te sientes mal? —preguntó Alexander.
—No, estoy bien.
Alexander inclinó ligeramente la cabeza, divertido.
—¿Seguro? Si quieres puedo llamar a tu novia.
Samuel abrió los ojos, confundido.
—¿Mi novia?
—Pensé que Alma era tu novia.
El rostro de Samuel cambió por completo.
—¡No! —la respuesta salió demasiado rápido, haciendo que Alexander arqueara una ceja—. No, ella no es mi novia. Alma es solamente mi amiga.
Alexander lo observó con curiosidad. La reacción había sido demasiado evidente.
—Un chico tan lindo como tú y sin novia... —comentó Alexander con tono burlón.
Samuel sintió que su rostro se calentaba y rápidamente apartó la mirada.
—Tengo que irme.
Antes de que Alexander pudiera decir algo más, Samuel entró nuevamente al aula. Alexander se quedó unos segundos mirándolo marchar.
***
Cuando Samuel regresó al aula, Alma levantó la mirada inmediatamente y notó algo extraño: él estaba sonriendo.
—Samuel —lo llamó ella.
Él reaccionó como saliendo de un trance.
—¿Qué?
—Te estoy hablando —dijo Alma mirándolo con detenimiento.
Samuel parpadeó, avergonzado.
—Lo siento, no me di cuenta.
Ella cerró la carpeta que tenía frente a ella.
—Tenemos que empezar a preparar todo.
Samuel la miró confundido.
—¿Preparar qué?
Alma suspiró ligeramente.
—Los documentos para la universidad.
Entonces Samuel recordó: las solicitudes, los certificados y todos los papeles que necesitaban reunir.
—La universidad a la que queremos entrar suele abrir sus convocatorias antes que otras —continuó Alma—. Tenemos que estar listos cuando llegue el momento.
Samuel asintió, intentando enfocarse.
—Sí, tienes razón.
Sin embargo, Alma notó que su atención seguía en otro lugar.
—¿Te pasa algo?
—No —respondió él, demasiado rápido.
Ella lo observó con curiosidad hasta que Samuel bajó la mirada, dejando escapar una pequeña sonrisa:
—Solo pasó algo bueno hoy.
Alma terminó sonriendo también, contagiada por su gesto.
—Me alegro. Si quieres, puedo ayudarte a preparar todo para que no dejemos nada al último momento.
—Gracias, Alma.
***
Las clases terminaron finalmente. Alma y Samuel salieron juntos del instituto mientras hablaban sobre los trámites universitarios, pero antes de llegar a la salida, Alexander apareció sorpresivamente frente a ellos.
Alma levantó la mirada, en guardia.
—Alexander.
Él mantenía esa expresión tranquila y segura que siempre parecía acompañarlo.
—Sé que rechazaste la invitación a la fiesta —dijo dirigiéndose a Alma, pero desviando enseguida los ojos hacia su acompañante—. Pero quizás Samuel quiera ir.
Samuel abrió los ojos, tomado por sorpresa.
—¿Yo?
Alexander asintió con elegancia.
—Sí.
El chico pareció no saber qué responder.
—No creo que...
—Deberías ir —interrumpió Alexander con firmeza—. No todo puede ser estudiar y preocuparse por el futuro. También deberían disfrutar un poco de su juventud.
Alma lo observó con cierta sorpresa; no esperaba escuchar algo así de él.
—¿Por qué lo invitas? —preguntó ella, manteniendo la distancia.
Alexander se encogió de hombros desinteresadamente.
—Porque pensé que sería divertido.
Samuel miró a Alma, quien parecía tan confundida como él. Finalmente, tras dudar unos segundos, Samuel aceptó:
—Está bien.
Alexander sonrió ligeramente, satisfecho con la respuesta, mientras Alma miraba a su amigo sin poder creerlo.
—¿Por qué aceptaste? —le murmuró Alma.
Samuel desvió la mirada hacia el suelo antes de responder:
—Porque... creo que sería bueno distraernos un poco.
Alexander observó la escena victorioso. Había conseguido exactamente lo que quería: encontrar una manera de acercarse a ellos.







