CAPITULO 3

Al sonar la última campana, las clases llegaron a su fin. Samuel salió del aula apresurado y visiblemente preocupado, manteniendo la mirada fija en el suelo y sin decir una sola palabra. Alma lo notó enseguida y apresuró el paso para alcanzarlo en el patio antes de que llegara a la salida.

—¿Qué pasa? —preguntó Alma con suavidad, poniéndose a su lado.

Samuel bajó aún más la mirada, soltando un pesado suspiro.

—Llamaron otra vez a mi papá.

Alma apretó los labios con frustración.

—¿Por llegar tarde?

Él asintió en silencio.

—Ahora volverán a castigarme...

Alma sintió un nudo en el pecho al escuchar la tristeza en la voz de su amigo. Entonces, sin pensarlo demasiado, dio un paso al frente y lo abrazó con fuerza.

—Solo faltan unos meses —le susurró cerca del oído.

Samuel guardó silencio, dejándose reconfortar por su presencia.

—Después entraremos a la misma universidad —continuó ella, rompiendo el abrazo para mirarlo a los ojos con una amplia sonrisa llena de ilusión—. Y cuando eso pase... vamos a alquilar un departamento juntos.

Samuel la observó, completamente sorprendido por sus palabras.

—Yo cocinaré... —siguió Alma, dejándose llevar por la idea—. Tú cuidarás las plantas y tendremos un perrito para que lo cuides. Y cuando trabajemos, ya nadie podrá decirnos qué hacer.

Por primera vez en todo el día, una pequeña sonrisa iluminó el rostro de Samuel.

—¿De verdad quieres vivir conmigo?

Alma rió entre dientes.

—Claro. Siempre dijimos que conquistaríamos el mundo juntos.

Samuel pareció querer decir algo más; abrió la boca como si fuera a confesarle un pensamiento guardado en el fondo de su corazón, pero terminó guardándose las palabras y tragando saliva.

—Tengo que irme —dijo finalmente, dando un paso atrás—. Nos vemos mañana.

Alma se quedó de pie en medio del patio, observándolo alejarse a paso rápido. No sabía exactamente por qué, pero mientras lo veía perderse entre la multitud de estudiantes, sintió en el aire la extraña intuición de que algo entre ellos estaba empezando a cambiar.

                                                                               ***

Cuando Alma cruzó los portones principales para salir del instituto, cinco chicas del colegio la estaban esperando a un costado del camino. Entre ellas se encontraba la estudiante del salón a la que Alma había dejado en evidencia esa misma mañana.

—Mira quién salió —dijo una de ellas con tono burlón.

Otra le bloqueó el paso de inmediato, cruzándose de brazos.

—¿Crees que puedes humillarme delante de todos?

Alma ni siquiera se detuvo; intentó seguir caminando con paso firme.

—No tengo tiempo.

Sin embargo, antes de que pudiera dar dos pasos más, una de las acompañantes la tomó con fuerza del brazo, frenándola en seco.

—Escúchame cuando te hablo —dijo, acercándose a su rostro—. Una poca cosa como tú nunca debería olvidar cuál es su lugar.

El comentario buscaba herirla en su punto más vulnerable, pero Alma únicamente levantó lentamente la vista. Su expresión cambió por completo en un segundo: la calma habitual se transformó en una frialdad absoluta. Ya no había rastro de calidez en sus ojos.

—¿Terminaste? —preguntó.

Las chicas se sorprendieron ligeramente. Esperaban verla asustada, nerviosa o sumisa, no mostrándose completamente indiferente.

—Porque yo sí tengo cosas importantes que hacer —añadió Alma.

Enojada por la falta de reacción, la líder del grupo la empujó con fuerza. Alma perdió el equilibrio y cayó sobre el suelo de la acera.

Se hizo un silencio tenso por un instante. Sin mostrar rabia ni prisa, Alma se puso de pie lentamente, alisó los pliegues de su falda y se sacudió el polvo de la ropa con impecable elegancia.

—¿Eso fue todo? —preguntó, mirando a la chica fijamente.

La joven volvió a insultarla con furia, pero Alma respondió antes de que pudiera terminar, utilizando un tono de voz sereno y letal:

—Si ya te sientes bien con recordarme de dónde vengo, me voy. A diferencia de ustedes, yo sé lo que soy y no necesito que personas, sobre todo personas como ustedes, me lo digan —dio un paso firme hacia adelante, acortando la distancia entre ellas—. ¿Ya subiste tu pequeña autoestima?

Las chicas soltaron risas burlonas para intentar ocultar la incomodidad, pero Alma no había terminado.

—¿Hay cámaras frente al instituto? —preguntó, mirando hacia la fachada.

Todas se quedaron calladas de golpe.

—Perfecto —continuó Alma con una sonrisa gélida—. Entonces no habrá problema cuando solicite las grabaciones. Me pregunto qué pensará el ministro de Educación cuando vea a la hija de uno de sus funcionarios golpeando a una estudiante becada.

El silencio que siguió fue absoluto. Ninguna de las cinco chicas se atrevió a articular una sola palabra.

Alma les sonrió con frialdad:

—Si van a atacar a alguien... planeen mejor.

Dio media vuelta y se marchó con la cabeza en alto, dejando al grupo paralizado a sus espaldas.

Cuando Alma llegó a su hogar, la casa estaba completamente en silencio y a oscuras. Su madre trabajaba en el turno nocturno como enfermera en el hospital local, por lo que estaría sola hasta la mañana siguiente.

Se preparó algo sencillo para cenar, se dio una ducha caliente y se cambió con ropa cómoda. Antes de acostarse, tomó su teléfono celular de la mesa de noche. Había un mensaje de Samuel:

Samuel: "Mi hermano habló con mi papá. Ya no está tan enojado."

Alma sonrió al leer la pantalla y escribió rápidamente:

Alma: "Te dije que todo saldría bien."

Samuel: "Gracias por estar siempre conmigo."

Alma: "Siempre."

Alma: "Descansa."

Samuel: "Tú también."

Alma dejó el teléfono sobre la mesa de noche, se acomodó bajo las mantas y apagó la luz de la habitación.

A los pocos minutos, quedó profundamente dormida.

En su mente comenzó a formarse un sueño sereno y luminoso. Veía un pequeño y cálido departamento con grandes ventanales. Ambos estaban allí: ella cocinando en la barra mientras Samuel reía a carcajadas, una pequeña mascota correteaba por la sala y los dos pasaban las noches estudiando juntos hasta tarde entre libros y tazas de café. Era una vida sencilla, sin lujos desmedidos ni presiones; la vida tranquila y perfecta que Alma siempre había imaginado para su futuro.

Y justo antes de despertar, dentro del sueño, Samuel la miró y le sonrió con inmensa ternura.

Pero cuando Alma extendió la mano para tomar la suya, la figura de Samuel comenzó a desvanecerse lentamente, alejándose en la penumbra.

Alma abrió los ojos de golpe, despertando en la oscuridad de su habitación. Se quedó mirando al techo en silencio, sintiendo, sin saber por qué.

Continue lendo este livro gratuitamente
Digitalize o código para baixar o App
Explore e leia boas novelas gratuitamente
Acesso gratuito a um vasto número de boas novelas no aplicativo BueNovela. Baixe os livros que você gosta e leia em qualquer lugar e a qualquer hora.
Leia livros gratuitamente no aplicativo
Digitalize o código para ler no App