CAPITULO 7

Alma llegó a casa. Cerró la puerta de su habitación y dejó caer el bolso sobre la cama antes de mirar la pantalla de su teléfono. Samuel todavía no le había escrito. Sabía que probablemente seguía en la fiesta, así que decidió teclear un mensaje:

Alma: Cuídate cuando llegues a casa. Avísame cuando estés bien.

Durante unos segundos dudó antes de añadir:

Alma: Y no bebas demasiado.

La respuesta llegó casi de inmediato. Alma sonrió por un instante, pero la sonrisa desapareció en cuanto leyó el texto:

Samuel: 😘

Después llegó otro mensaje:

Samuel: 😘❤️

Y finalmente:

Samuel: Cariño.

Alma permaneció inmóvil, observando la pantalla con el ceño fruncido. Samuel nunca le decía «cariño». Nunca. Ni siquiera cuando estaban solos.

Presionó el botón de llamada de inmediato.  Nada. Esperó unos segundos y volvió a intentarlo, pero Samuel tampoco respondió. La preocupación comenzó a crecer en su pecho.

—¿Qué está haciendo? —murmuró.

Lo llamó por tercera vez con el mismo resultado nulo. Alma apretó los labios y buscó otro contacto en su agenda: el chofer de Samuel. La llamada fue respondida.

—¿Señorita Alma?

— Buenas noches ¿Samuel ya llegó a casa?

—Sí, señorita. Lo dejé hace unos minutos.

Alma guardó silencio un segundo, analizando la respuesta.

—¿Está seguro?

—Por supuesto.

Ella soltó lentamente el aire.

—Gracias.

Colgó. Samuel estaba en casa y estaba a salvo; eso era lo único importante. Sin embargo, apenas dejó el teléfono sobre la cama, la pantalla volvió a iluminarse con una notificación. Una fotografía. Era una imagen de la fiesta: luces, multitud y varias personas bailando en la pista. Alma la observó durante unos segundos. Después llegó otra. Y otra más.

Alma entrecerró los ojos, uniendo los puntos en su mente con frialdad. Tuvo una sospecha inmediata. Volvió a mirar una de las imágenes y decidió no insistir. No volvió a llamar ni a escribir. Si alguien estaba usando el teléfono de Samuel para jugar con ella y sacarla de quicio, no pensaba darle el placer de saber que su provocación había funcionado.

Dejó el teléfono sobre la mesa de noche.

                                                                                     ***

Mientras tanto, en el club, la fiesta comenzaba a vaciarse. Alexander estaba sentado en uno de los sofás del área privada con el teléfono de Samuel entre las manos. Uno de sus amigos lo observó desde el otro lado de la mesa.

—¿Todavía tienes el teléfono del chico?

Alexander levantó la vista.

—Sí.

Su amigo estiró la mano hacia el aparato.

—Dámelo. Quiero ver qué tiene.

Alexander bloqueó la pantalla al instante, antes de que pudiera acercarse.

—No.

—¿Qué? ¿Ahora te interesa revisar teléfonos ajenos?

Alexander lo miró con una frialdad tan tajante que el chico levantó las manos en señal de rendición.

—Tranquilo, era una broma.

La fiesta prácticamente había terminado. Algunas personas se despedían mientras otras seguían bailando, aunque la música ya no sonaba con la misma fuerza. Alexander guardó el teléfono en el bolsillo interior de su chaqueta y se puso de pie.

—Me voy.

Una chica que había pasado gran parte de la noche intentando llamar su atención se acercó de inmediato.

—¿Tan pronto?

Alexander la miró de reojo. Ella sonrió y se aproximó un poco más de lo necesario.

—Pensé que ibas a quedarte conmigo esta noche.

Alexander no respondió. La miró de arriba abajo con una expresión imperturbable en la que no había el menor rastro de interés; solo desprecio helado. La sonrisa de la chica vaciló durante un instante.

—Podría acompañarte —añadió ella, intentando recuperar la seguridad—. No tienes que irte solo.

Alexander tomó su chaqueta con calma.

—No estoy acostumbrado a llevar chicas a mi casa.

—Te divertirás conmigo —insistió ella, dando un paso más.

Alexander terminó de ajustarse la prenda con tranquilidad.

—En tu estado, no lo creo —pasó por su lado sin mirarla—. Buenas noches.

La dejó allí de pie y abandonó el lugar.

                                                                              ***

El automóvil avanzaba en silencio por las calles nocturnas de la ciudad. Alexander viajaba en el asiento trasero mientras su chofer conducía sin hacer preguntas.

Sacó el teléfono de Samuel. Durante algunos minutos simplemente lo sostuvo entre las manos y, finalmente, lo desbloqueó. Al principio no buscaba nada en particular, movido únicamente por una curiosidad distante. Abrió la aplicación de mensajería y seleccionó la conversación con Alma.

Descubrió que hablaban prácticamente todos los días. Desde temprano por la mañana hasta antes de irse a dormir.

Alexander comenzó a leer algunos fragmentos. Samuel le contaba a Alma sus frustraciones y problemas con su padre; Alma le compartía sus metas y planes para el futuro. Hablaban de la universidad, de sus estudios, de sus calificaciones... de todo. Siguió desplazándose hacia arriba y encontró aún más detalles: las solicitudes que preparaban, la universidad a la que querían asistir e incluso sus planes de alquilar un departamento juntos.

Alexander apoyó la cabeza contra el respaldo del asiento, dejando escapar un suspiro pausado.

—Interesante...

Alma sabía prácticamente todo sobre Samuel, y Samuel sabía prácticamente todo sobre Alma.

A continuación, Alexander abrió la galería de fotos. Al principio pasó rápidamente entre capturas de clases, esquemas de apuntes y fotos de animales. Deslizó el dedo sobre la pantalla hasta que se detuvo de golpe. Frunció el ceño, volvió atrás y volvió a mirar.

Era una fotografía suya.

Siguió desplazándose. Otra. Y otra más. Una foto de él conversando con sus amigos; otra caminando por uno de los pasillos del instituto; otra más sentado en el patio. En la mayoría, ni siquiera parecía haberse dado cuenta de que alguien le estaba tomando una captura.

Alexander permaneció en absoluto silencio, revisando la secuencia. Había muchísimas. Demasiadas. Se detuvo en una donde aparecía sonriendo, tomada a cierta distancia. Tardó unos segundos en reconocer el momento exacto en el patio del instituto, Samuel la había tomado a escondidas.

Alexander volvió a mirar la pantalla y, de pronto, soltó una pequeña risa. La forma en que Samuel se ponía nervioso cada vez que estaban cerca, la manera en que evitaba mirarlo directamente a los ojos y cómo se había quedado completamente paralizado cuando sus manos se rozaron.

Pasó lentamente a la siguiente fotografía.

—Así que era eso... —murmuró.

Volvió a abrir el chat con Alma y releyó los últimos mensajes que ella le había enviado a Samuel:

Cuídate cuando llegues a casa. Avísame cuando estés bien. Y no bebas demasiado.

Alexander sonrió con malicia. Recordó cómo había respondido él usando los emoticonos y la palabra «cariño», la posterior ráfaga de llamadas desesperadas de Alma que él mismo se encargó de rechazar una a una, y las fotos de la fiesta que envió para sembrar la discordia. Su sonrisa se amplió. Alma había notado la anomalía al instante; era demasiado inteligente para no hacerlo.

Antes de guardar el teléfono, Alexander volvió a entrar en el chat y borró cada uno de los mensajes que él había enviado. Cuando Samuel recuperara su aparato a la mañana siguiente, no tendría la menor idea de que alguien había utilizado su cuenta para hablar con Alma.

Alexander bloqueó el teléfono y lo dejó sobre sus piernas, volviendo la vista hacia la ventanilla. Las luces de la ciudad se desdibujaban a gran velocidad frente a sus ojos.

—Ahora sé dónde atacar.

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