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Alma siempre había sabido que pertenecía a un mundo diferente. No porque fuera menos que los demás, sino porque, a diferencia de sus compañeros, ella había tenido que luchar por cada oportunidad que había conseguido. El Instituto Saint era una de las escuelas privadas más prestigiosas del país; un impresionante complejo de edificios imponentes donde estudiaban los hijos de empresarios, jueces y familias cuyos apellidos tenían mucho más peso que cualquier presentación. Alma, en cambio, había llegado gracias a una beca de excelencia académica.
Pero nunca permitió que esa brecha la hiciera sentirse inferior. Desde pequeña había aprendido una verdad tan sencilla como implacable: nadie iba a construir su futuro por ella. Si quería algo, tendría que ganárselo con sus propias manos. Por eso estudiaba más que nadie, por eso observaba cada detalle a su alrededor, aprendía sin descanso y siempre buscaba una forma de mejorar. Alma no quería simplemente sobrevivir en aquel entorno exigente; ella quería conquistar el mundo.
El último año de colegio estaba pasando mucho más rápido de lo que esperaba. Aquel día, justo después de la entrega de las calificaciones del quimestre, Alma estaba sentada en las bancas del patio junto a Samuel. A diferencia del resto de sus compañeros, que murmuraban emocionados sobre las vacaciones, ellos dos hablaban del futuro. De aquello que esperaban conseguir cuando finalmente dejaran los pasillos del colegio.
—¿Qué harás después de graduarte? —preguntó Samuel mientras miraba el cielo despejado.
Alma cerró el libro que tenía entre las manos con un chasquido firme. No necesitó pensarlo ni un solo segundo.
—Seré consultora política.
Samuel sonrió de lado.
—Lo lograrás. Siempre logras lo que quieres, ¿por qué esta vez sería diferente?
Ella asintió con absoluta seguridad.
—Quiero ganar mucho dinero, tener una casa enorme, poder vivir bien y no depender de nadie.
Samuel soltó una pequeña risa llena de complicidad.
—Sabía que dirías algo así.
Alma levantó una ceja, desafiante.
—¿Qué tiene de malo?
—Nada —él sonrió con calidez—. Solo que tú siempre piensas en grande.
Ella se encogió de hombros con elegancia.
—Alguien tiene que hacerlo.
Luego lo miró fijamente, devolviéndole la pregunta.
—¿Y tú qué quieres?
Samuel tardó unos segundos en responder. A diferencia de Alma, sus sueños no estaban impulsados por el poder, la ambición o el reconocimiento público.
—Quiero ser veterinario.
Ella sonrió suavemente.
—Eso es muy tú. Me hubiera sorprendido si hubieras dicho abogado o doctor.
Samuel la miró algo confundido.
—¿Eso es bueno?
—Sí. Te gustan mucho los animales, tienes un espíritu noble y brillante.
Él bajó la mirada con una sonrisa tímida.
—Siempre he pensado que ellos no pueden decir cuándo algo les duele. Por eso quiero ayudarlos, quiero salvarlos. Ellos no juzgan, ellos solo aman.
Alma lo observó en silencio durante un momento. En una escuela elitista donde todos buscaban demostrar obsesivamente cuánto tenían, Samuel era completamente diferente. Él quería hacer algo no por estatus, sino porque realmente le importaba.
—Eres tierno y lindo.
Samuel levantó la mirada hacia ella.
—Tú también eres linda.
Alma soltó una pequeña risa desenfadada.
—Lo sé.
—Pero es verdad. Si quisieras, podrías ser una modelo famosa —dijo Samuel con absoluta seguridad.
Alma negó suavemente con la cabeza.
—Mi belleza es solamente un plus.
Samuel frunció el ceño.
—¿Un plus?
—Sí —ella tomó su libro nuevamente—. Algo que puede ayudarme, pero no es lo que me hará conseguir lo que quiero —lo miró con total seguridad—. Mi inteligencia es lo que me llevará lejos.
Samuel sonrió abiertamente.
—Sabía que responderías eso.
Ambos comenzaron a reír juntos. En ese preciso momento, varios compañeros del instituto que pasaban por el patio, al verlos tan cercanos, comenzaron a murmurar a sus espaldas:
—¿Ellos están saliendo?
—Siempre están juntos.
—No me sorprendería.
Alma escuchó perfectamente los comentarios, pero no les dio la menor importancia; estaba acostumbrada a los chismes. Samuel tampoco respondió nada. Para ella, Samuel era su mejor amigo, la persona incondicional que siempre estaba ahí cuando necesitaba hablar. Pero en el fondo representaba algo mucho más importante y profundo.
***
Cuando llegó la hora programada de entregar las calificaciones, todos los alumnos regresaron al aula. El profesor de la materia entró al salón portando una elegante carpeta en sus manos y se colocó frente al escritorio.
—Antes de entregar los resultados del quimestre, quiero reconocer el esfuerzo de una estudiante.
El salón quedó en absoluto silencio. Alma permaneció tranquila en su asiento, aunque por dentro su corazón latía rápido esperando escuchar su nombre. Había trabajado demasiado, sin descanso, para ese momento exacto.
—La mención honorífica por obtener las mejores calificaciones de toda la generación es para...
El profesor hizo una pausa deliberada para añadir expectación.
—Alma Ramos.
A algunos estudiantes no les sorprendía, ya que todos en el colegio sabían perfectamente que era una de las mentes más brillantes; lo que siempre les sorprendía era que una persona como ella superara con creces a personas que habían tenido todas las ventajas y facilidades desde el inicio.
Alma se levantó con elegancia, caminó con paso firme hasta el frente y recibió el reconocimiento. Cuando regresó a su lugar, buscó inmediatamente la mirada de Samuel. Él estaba sonriendo ampliamente: una sonrisa sincera, radiante y llena de orgullo absoluto. Y sin saber por qué, esa sonrisa de Samuel significó para ella mucho más que todos los aplausos fríos del salón.
***
Esa misma tarde, al regresar a su hogar, encontró a su madre preparando la cena en la cocina.
—Mamá.
La mujer levantó la mirada, secándose las manos.
—¿Cómo te fue?
Alma dejó el diploma del reconocimiento sobre la mesa. Su madre lo tomó cuidadosamente entre sus manos y sus ojos rápidamente se llenaron de emoción contenida.
—Sabía que podías hacerlo.
Alma sonrió con satisfacción.
—Con estas notas podré entrar a la universidad que quiero.
Su madre negó suavemente con la cabeza y la abrazó con calidez.
—Me siento tan orgullosa de ti. Como tú siempre dices, tú naciste para ganar.
***
Esa noche, mientras Alma organizaba meticulosamente sus apuntes sobre el escritorio, la pantalla de su teléfono se iluminó con un mensaje. Era de Samuel:
"¿Puedes hablar?"
Ella frunció el ceño con preocupación. Samuel nunca escribía mensajes tan breves y secos. Tomó el teléfono sin dudarlo y lo llamó de inmediato.
—¿Qué pasó?
Durante unos angustiosos segundos, al otro lado de la línea solo escuchó un pesado silencio.
—Mi papá volvió a decirme lo mismo.
Alma se quedó completamente quieta.
—¿Otra vez?
Samuel suspiró profundamente, derrotado.
—Dice que no entiende cómo puedo ser su hijo y aun así no destacar.
Ella apretó los labios con rabia e impotencia. Sabía perfectamente lo mucho que le pesaba eso a Samuel. Su familia era muy conocida por generaciones de médicos renombrados y exitosos, y todos en su casa esperaban que él siguiera ciegamente el mismo camino.
—Samuel, tus notas no dicen quién eres.
—Para ellos sí —su voz sonó profundamente triste—. Nunca voy a ser como mis padres.
Alma giró el rostro y miró la fotografía enmarcada que tenía sobre su escritorio. Era una imagen de ambos en el patio, con Samuel sonriendo a su lado.
—Entonces no tienes que ser como ellos.
Hubo un momento de silencio al otro lado de la línea.
—¿Y si no puedo hacerlo?
Alma sonrió suavemente, llena de convicción.
—Entonces te ayudaré.
Porque esa era Alma. Cuando creía firmemente en algo o en alguien, simplemente no se rendía. Y en ese momento creía en Samuel mucho más de lo que él creía en sí mismo.
Después de colgar la llamada, Alma volvió a contemplar la fotografía. Samuel era la única persona capaz de hacer que olvidara por un instante sus propios y rígidos planes; la única persona que podía hacer que la chica que siempre quería ganar bajara completamente la guardia. Sin embargo, sin saberlo en ese instante, ese sería apenas el inicio del problema más grande de su vida.
Porque Alma sabía perfectamente cómo luchar contra cualquier persona. Sabía exactamente cómo conseguir lo que quería. Pero todavía no sabía cómo enfrentar algo que jamás podría controlar:
El corazón de alguien más.







